viernes, 11 de noviembre de 2016

Zeitgeist

Descubro de nuevo que merecemos el desastre.

Solo un tonto se sorprende dos veces (y mil) de un mismo hecho.

La respuesta indignada, democrática y mayoritaria de los ciudadanos es siempre intransigente, autoritaria, egoista, cobarde, estúpida.

Los tiempos oscuros vuelven y tal vez se queden.

Ni siquiera importa la educación o la inteligencia. Nos domina algo diferente.

Son muchas las sorpresas de estos años de futuro, de siglo XXI.

La peor, no se diferencia en nada del XX.

viernes, 14 de octubre de 2016

Escritura fútil

Escribir es irrelevante.

En la vivencia y la supervivencia solo los aliados importan.

El enemigo escrito solo hiere a quien cree en la palabra.

El gesto, la impronta son tendencia.

El gesto, la impronta. Tan falsos como las palabras.

La acción está olvidada.

Solo la defienden los extremistas del amor y de la izquierda.

En la nueva moderación de centro extremo, escribir es irrelevante a menos que apoyes la mentira.

La mentira es hermosa.

sábado, 13 de febrero de 2016

Epílogo moral

No hay errores, nadie falla. 
Somos los que somos. 
Vamos, venimos, nos amamos. 
De niños no, de niños creemos en los absolutos y cuando faltan, dejan un vacío perenne en el alma. 
Puede vivirse o no con ese vacío, puede llenarse de verdades dolorosas o de mentiras piadosas pero la culpa no existe. 
Hay vida. La culpa no está dentro, no hace falta imaginarla fuera por miedo a reconocer que la culpa solo era íntima, propia, pues esa culpa también es inventada. 
No hay personas fallidas ni personas que fallan, hay personas solas que quieren compañía.
A veces, desafortunadamente, no la encuentran porque no se atreven a buscarla sin lastres, sin memoria, sin barreras o porque encuentran a otros que arrastran sus lastres, su memoria, sus barreras y todo entendimiento es imposible.

Me miras

A la vez. Me miras.
Muerta y resucitada. Me miras
y el horror de verte viva es tan hermoso
que lloro
sin parpadear siquiera.
Vienes despacio
y con tu paso borras
lo que quedaba de mi resignación,
y contra todo vienes,
Contra la vida y contra la muerte
Y me miras.
Nos abrazamos. Temo herirte,
que te desmenuces en polvo
y desaparezcas.
Pero sigues ahí, temblando,
te aprietas a mí, lloras
y nada ya podrá moverte.
Hueles como siempre olías
y lloro más
y tiemblo, y tiemblas
y juntos,
negamos la muerte.

Ojos afilados y sonrisa feroz

Durante los últimos días del año me vino a la memoria una chica que conocí hace demasiado tiempo, en un trabajo del que no merece la pena recordar ninguna otra cosa.

Fue mi relación con ella breve, si acaso puedo llamarla relación. Una amistad abrupta, a ratos divertida, a ratos árida, construida a trompicones de voluntad y torpeza, de falta de tacto, de expectativas incumplidas, de reproches mudos, de decepciones por cosas que no podían pasar y no pasaron.

Antes aún de presentarnos, ya llamaba mi atención. Era esbelta, atlética, una morena azabache despampanante con ojos negros brillantes y sonrisa dulce y feroz.

Conocerla alimentó aún más esa atracción temprana por su cuerpo. Era inteligente, simpática, vivaz y agresiva, inquisitiva, voraz.

Sin solución de continuidad, ridiculizaba mi comportamiento con la frase más lacerante o lo elogiaba con la calidez de un amigo sincero dejándome siempre inerme a sus golpes y caricias.

Con todo, dedicaba más tiempo a encontrar la relación de cualquiera de nuestros temas de conversación consigo misma por complicado que fuera.

Se conducía despreocupada y decidida y observaba cada circunstancia con claridad y determinación desarmantes. Siempre expresaba su punto de vista y ese punto de vista casi siempre tenía que ver con ella.

Cuando un hombre la gustaba, o la intrigaba o la interesaba por cualquier otro motivo, reaccionaba de una forma característica. En aquellos momentos, afilaba el brillo de sus ojos, desbordaba de alegría su sonrisa y miraba como si todo lo que estuviese deseando fuese acercarse a ti, hablarte, conocerte...

Solo una noche me abismé en aquella mirada. Fue aquella la primera y última vez.
En aquel primer abrazo sostenido, en aquellos labios acerados que de pronto se fundían dóciles en los míos, en las palabras y los gestos que siguieron, dejó ver una faceta nueva, una que, a pesar de las pistas que en ocasiones daba sobre ella, nunca me había mostrado y de la que yo apenas sospechaba nada.

Se mostró entregada, tierna, frágil. Parecía que, malditos tópicos, detrás de una fachada vibrante, dura, áspera incluso, una persona indómita que solo depende de sí misma ocultaba el deseo de ser salvada, de poder reposar en otros brazos que no fuesen sus brazos, de descansar y confiar, al fin, de forma duradera en alguien.

Demasiado pronto descubrió que no era yo alguien en quien pudiese confiar, ni en quien pudiese apoyar parte alguna de su cuerpo y nunca volví a verla, la mujer que conocí aquella madrugada, la que se ocultaba en una mujer que no oculta nada y, sin embargo, en ese estruendo de sinceridad a menudo hiriente, escondía lo más importante, temerosa tal vez, hace muchos años, de ser herida de nuevo, incapaz de confiar en que ya no existía la mujer que podía ser herida.

Perdí aquella mirada y aquella entrega tal y como las recibí, sin saber qué hice para conseguirlas y perderlas. Nunca volvió a afilar su mirada en mí ni a desbordar su sonrisa cuando yo la miraba. Nuestras conversaciones retornaron lentas a las comunes banalidades que consumen nuestros días. Luego, esas conversaciones menguaron hasta que fueron más los silencios entre ambos que las palabras.

Siempre sospeché que en esa temprana distancia hubo rencor, un silencioso reproche por una traición, por una ausencia, por algo que no dije, por algo que no hice, por algo que no fui.

Tal vez quiso encontrar los motivos que tuve para herirla. Todas las preguntas y todas las respuestas las tuvo siempre antes de que yo las imaginase siquiera pero hizo caso omiso, ensimismada en sus propios problemas, que nadie más observaba ni conocía. 

Necesitaba quizás que yo le hubiese fallado, temerosa en su escrutinio permanente de ser culpable de algún mal imaginario que proyectaba lejos, sobre otros, sobre mí, no fuese a alcanzarle una culpa que solo ella se reprochaba.

Tiempo después la volví a ver mirar y sonreír de aquel modo a otros.
Recuerdo la punzada pequeña pero honda, envidia y resignación, pasado y presente. Sabía que ella seguía su búsqueda y yo la mía, ambos por caminos cercanos un tiempo pero indefectiblemente separados, destinados a despedirnos un día que llegó más pronto de lo que esperaba.

La recuerdo y escribo ahora para no olvidarla, para conjurar contra la memoria frágil y recolectora y guardarla en los pequeños salones agridulces de la nostalgia y espero paciente que lea estas palabras y que me recuerde, que sería amarme una vez última.

domingo, 24 de enero de 2016

"Prepare las tostadas del desayuno con pan de molde Ubik, elaborado únicamente con fruta fresca y levadura vegetal de primera calidad. Ubik convierte el desayuno en una fiesta. Ubik con mantequilla, ¡qué maravilla!
Inofensivo si se consume según las instrucciones."

K. Dick, Philip (1969). Ubik.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Eres el mapa incógnito de mis quimeras,
de las promesas homéricas,
cantos exaltados de hambrientas sirenas
en la certidumbre imposible de la poesía,
olvidado y postrero reducto de la razón,
allá donde ninguna razón llega.

Tejes y destejes la suerte inasible de nuestros días,
planteas la misma ecuación irresoluble que sin yo pedirlo solventas
y quiebras física y química, niegas toda naturaleza,
hasta alumbrar el imposible que resuelves en el albor de mi alma.

lunes, 30 de noviembre de 2015

No puedo decirte nada.
Es posible que ya no quieras saber de mí ni escucharme,
es posible que sólo yo lea esto.

Quiero decirte todas las cosas que nunca te voy a decir,
Quiero cumplir las promesas que nunca te haré,
diligente y atento mientras te ignoro.

Lo siento.

domingo, 11 de octubre de 2015

El olor a carne quemada

Cada mañana. Las fibras de mis músculos se rompen en microscópicas fracturas.
La mirada omnisciente de un tomógrafo no puede asegurar
que sea una actividad anaeróbica excesiva la que ha convertido en cristales los azúcares de mi organismo,
incrustados como minúsculos escalpelos entre las largas tiras que tejen mi musculatura,
tampoco sé si será la agónica espera de un Tántalo anónimo
en días replicantes que observan la muerte celular de mi organismo.
Recorro webs como calles, para recordar.
Encuentro allí, que es en ninguna parte salvo en mi memoria,
mi presente verdadero.
Contra la menudencia de la intrahistoria más vulgar escribo,
para eternizar en el gesto mismo de volverme trasunto literario
mi vida efímera, sin más horizonte que mi desquite vespertino.
En el estruendo de una soledad compartida, en el estrés de una vida de costumbres,
en la incomodidad de una vida confortable, en la incertidumbre de la tecnocracia exacta y aséptica.
Nada está hecho y nada parece quedar por hacer salvo
acaso
el daño último.
Ya no paseo solo como antes lo hacía.
Caminos sin rumbo bajo la lluvia que acababan frente a la casa en la que pasé mi infancia,
hogar y memoria hoy, de la infancia de otros.
Dónde están aquellos cuartos, aquella bañera, aquel lavabo, el caballito balancín detrás de la puerta de entrada.
Ya no son las habitaciones tan espaciosas ni los techos tan altos.
Me faltan muertos pero me sobra memoria,
con mi propio olor a carne quemada en el recuerdo.
Un olor tibio, humilde, modesto, avergonzado de que lo mencione
como quien compara dolor y pasatiempo.
Le pido a mis pies que me lleven a casa y ellos, confusos,
sólo aciertan a chocar los talones.

viernes, 24 de abril de 2015

Capitulación

Encontrar
mientras desentraño el sedimento último
de escorias y diamantes,
cada rencor mínimo, las contradicciones diarias,
las traiciones silenciosas
de tus más pueriles esperanzas
hasta que su suma imperceptible,
determinista, fatal
te convirtió
seguro, decidido,
henchido de razón,
de explicaciones sensatas para problemas sencillos,
de justificaciones perfectamente creíbles
en un hijodeputa.